El título del post lo dice todo, y es que cuando son bebés es muy fácil ponerles la férula, las botas y todo lo que sea necesario. Pero a medida que el niño va creciendo va resultando más difícil ponerle algo que lo que hace es dificultar su movimiento.

Y es que no tenemos que olvidar que son niños, y los niños quieren moverse, y moverse libremente, sin ataduras (bueno, y los adultos igual).

Mi hijo estuvo llevando la férula Dennis-Brown desde que cumplió 6 semanas de vida. Ya expliqué aquí los principales inconvenientes que tuvimos nosotros con la férula durante el primer año, y aquí cómo fueron nuestros primeros días.

Es duro, pero es duro en general todo desde que te enteras de que tu hijo ha nacido con una deformación congénita.

Pero, a medida que el niño crece, va resultando más y más difícil colocarle la férula. Y eso mismo pasó también con mi hijo.

Al cumplir un año nos dijeron que, a partir de entonces, llevaría la férula sólo para dormir. Para que el niño pudiera empezar a caminar.

Yo no puedo decir que mi hijo echara de menos la férula ni que notara nada raro en su comportamiento sin ella.

Lo único especial fueron los primeros momentos cuando se puso a gatear sin ella y movía ambas piernas al unísono (como si llevara la férula puesta). Pero la verdad es que se acostumbró enseguida a ser libre y disfrutar del movimiento de sus piernas a su antojo.

Pero a medida que fueron pasando los días, cada vez iba resultando más difícil colocarle la férula a la hora de dormir. Cada vez costaba más ponerle las botas y cada vez costaba más ponerle la barra.

Hasta el punto que llegó un momento en que la rompió (alucino con la fuerza que llegan a tener estos peques en las piernas). La rompió una vez y nos la arreglaron en el Hospital. Era cambiar la pieza que enganchaba las botas con la barra, y como tenían una allí nos la cambiaron. Eso sí, costó hacer un viaje de propio (está a 2,5 horas desde mi casa).

Al poco tiempo volvió a romperla, y esta vez ya nos dio apuro volver a llamar al Hospital, así que fuimos directamente a la ortopedia a la que le comprábamos la barra y las botas (que está al lado del hospital).

Tuvimos la suerte (y ellos la gentileza) de que nos la cambiaron sin coste, tenían un repuesto, se lo pusieron y no quisieron cobrarnos nada.

Esto fue al final de su tratamiento corrector con férula, ya que poco tiempo después nos dijeron que ya no tenía que volver a utilizarla. Tenía dos años y medio, así que puedo hacerme cargo de lo que supone a medida que los niños van creciendo, eso sí, llega un punto en que ya entienden que se la tienen que poner… pero hasta llegar a ese punto… hay muchos días por el medio.

Desde que escribí este post hasta hoy han pasado más que meses, han transcurrido años, así que tengo más información sobre este tema. Y no, no hay soluciones milagrosas, pero sí ayuda que entiendan el proceso (de hecho el cuento La fuerza de mis pies lo creé principalmente para ayudar a nuestros campeones a entender todo un poquito más).

También sé de padres que han optado por cambiar a la Férula Ponseti, mucho más cómoda y menos agresiva hacia la piel del niño. Puedes obtener toda la información sobre ella y qué la diferencia de la Dennis-Brown en este post que escribí aquí: Botas Ponseti: cómo son. Ventajas e inconvenientes.

Por desgracia no existen soluciones mágicas, sólo la magia que nosotros podamos dar en la llevanza del proceso… Eso sí, por muy duro que nos resulte, siempre hay que pensar que de esas botitas depende su corrección. Quitárselas porque llora y nos da pena, le perjudica.

Si estás en este punto, sólo puedo animarte a utilizar toda la magia de tu corazón en suavizar este proceso con tu peque… Y celebrar el día en que ya pase a la siguiente fase 🙂

Besos y hasta la próxima


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