Y entonces empezamos a hablar de fortaleza y de campeones, de caminos, carreras y de valentía.

¿En qué momento apareció todo esto en mi vida?

En el momento en que nació mi hijo. O quizás antes, sin saberlo, en el momento en que nos dijeron que nuestro hijo venía al mundo con sus dos pies equinovaros.

Puedes leer lo que escribí sobre ese momento aquí: El principio: el Diagnóstico prenatal

Ese fue el principio de algo desconocido, y algo que me ha sorprendido enormemente: un camino lleno de aprendizaje, pero un aprendizaje de vida real y muy potente.

Y él, mi hijo, mi gran maestro.

Entonces, no sé cómo, empezaron a venir a nuestras mentes las palabras de fuerza, valentía y enseñanza. Porque él nos las enseñó, con su ejemplo.

Y aunque fui consciente, creo que ahora es cuando lo soy más plenamente. Ahora, siete años después, con un proceso a cuestas a veces muy duro, una labor de difusión, visibilidad y ayuda, un cuento y un podcast… Ahora empiezo a tomar plena consciencia de todo lo grande que me ha enseñado mi hijo… de mí.

Yo no me rindo tan fácilmente

Me dijo el otro día.

Así, jugando. En medio de un juego… y yo me quedé absorta en esta frase, porque es verdad. Él no se rinde. No así de fácil.

Pero me lo dijo a mí, y yo sonreí, y pensé… «yo tampoco me rindo tan fácilmente». Aunque yendo más allá y para ser honesta, debo decir que yo no me rindo por ellos, por mis hijos.

Ellos sacan la fuerza que no sabía que existía en mí. Sacan esa valentía y ese empoderamiento.

Y de esto es de lo que hablamos los padres con obstáculos en el camino, porque los niños superan esos obstáculos con fuerza y valentía, pero también con una sonrisa.

Y tienen miedo a veces, pero muchísimo menos que nosotros los adultos. Se acostumbran a vivir con sus capacidades, y las superan. No se conforman.

Tuvo que venir mi hijo para mostrarme el camino, y para enseñarme a seguirme a mí misma, a mi corazón, más allá de lo que los demás esperasen de mí.

Lo digo siempre y es verdad: Este blog nació directamente del corazón.

Al crearlo sólo pensé en la posibilidad de ayudar a algún padre que estuviera en la misma situación que nosotros estuvimos, y poder ayudarle con nuestra experiencia.

No pensé que me iba a leer tanta gente, ni que terminaría ayudando con mi experiencia, ni siquiera que todavía tenía tantísimo que aprender sobre pies zambos… porque si ahora soy ignorante, entonces lo era muchísimo más. Y esto no lo digo como un intento de menospreciarme a mí misma, no, lo digo como lo que es. Ahora sé muchísimo más que entonces, he aprendido a través de nuestra experiencia y de la de muchísimos padres que la han compartido conmigo.

Y con todo ese aprendizaje y desde mi corazón, sigo caminando…

Y ya puedes creer que muchas veces no es fácil. No es fácil hacerte vulnerable, poner tu vida patas arriba para seguir por primera vez lo que tu corazón te indica.

Mi corazón me dice que no hay otro camino, que siga haciendo… y le estoy haciendo caso, muerta de miedo, sin saber ya ni lo que quiero, sólo guiándome por mi instinto.

Estoy descubriendo que en estos siete años no me permití parar, descansar y llorar todo lo que no he llorado… Porque a la vez que doy gracias a la vida porque mi hijo solo tenga los pies zambos y mi otro hijo esté bien, también he sufrido y he guardado dolor en mi corazón. Y no tuve tiempo para parar y soltarlo.

Entonces los miro, a los dos. Su fortaleza, sus risas, su amor.

Eso me devuelve al momento, y sigo caminando… entendiendo que estas palabras no aparecieron por casualidad. He aprendido como madre, pero también como persona, como ser humano. Y sigo aprendiendo.

Y esa es su fortaleza, la que sacan de sí mismos para aceptar sus momentos y continuar adelante sacando lo mejor de cada situación.

Ese ha sido mi mayor aprendizaje, y mi mayor sorpresa. Nuestra fuerza y nuestro amor.

Un abrazo enorme,


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