Leyendo a Raquel en su primera parte me estremecí y me emocioné porque me sentí muy identificada con ella, porque su historia en el diagnóstico prenatal era muy similar a la mía…

Hoy Raquel comparte una segunda parte, en la que también me he sentido identificada y también me he emocionado al leerla porque… sí, la parte de las escayolas es dura. Y todo lo que cuenta ella lo viví con mi hijo, todos esos sentimientos y ese dolor cuando lo ves llorar y no puedes hacer nada para evitarlo… 

El bebé nació el 5 de Enero de 2016 tras un largo parto. Lo tuvieron que sacar con espátulas, por lo que lo que más nos preocupó en ese momento era su cabecita, que no hubiera pasado nada fuera de lo normal. Nos confirmaron que todo estaba bien y me lo pusieron encima ¡No paraba de llorar! Tardó bastante en calmarse, pero lo hizo cuando nos llevaron a la habitación y se volvió a quedar dormido.

Allí recordamos al personal médico que el bebé tenía pies equinovaros, por lo que deseábamos que lo vieran los traumatólogos. La verdad es que no tardaron más de dos horas en subir a ver al niño. Buenas noticias, tenía unos pies muy flexibles, por lo que posiblemente sólo con las escayolas y unos masajes sería suficiente. También nos dijeron que le iban a realizar una ecografía de las caderas (era demasiado pequeño para hacerle una radiografía, no le querían radiar tan pronto), para ver que no existiera ningún problema de cadera y que tras la ecografía le iban a escayolar. Sabíamos que cuanto antes le escayolaran mejor, así que nos gustó mucho que fuera todo tan rápido. A las 7h aproximadamente de nacer estaba escayolado. Un bebé muy bueno, no había llorado en ningún momento, ni durante la ecografía ni mientras le pusieron las escayolas.

Nos dieron las primeras pautas importantes, que nos acompañarían unas cuantas semanas. No tapar por completo las escayolas para que se sequen lo antes posible (tardaban en secarse unas 48h), las piernas siempre un poco en alto, vigilar la circulación mirando el color de los dedos (cosa que recién puestas era difícil porque del frío se le quedaban los dedos morados) y revisar que siempre veíamos los 5 dedos de cada pie.

Pasó su primer día tranquilo, dormido en la cuna, y despertándose cada vez que tenía hambre. Por la tarde ya levantaba sus pierdas ¡Qué rápido podía con las escayolas! Nosotros pensábamos que iba a tardar mucho más en poder moverlas con agilidad, pero sorprendentemente en sólo unas horas formaban ya parte de su cuerpo.

Cuando llegó la noche empezó a llorar, no había manera de calmarle. Le metí conmigo en la cama, muy pegado a mi cuerpo, y así pudimos dormir un rato. El día siguiente fue muy parecido a la noche, todo el día llorando, hubo bastantes horas que lloraba de manera inconsolable, ni si quiera junto a mi conseguíamos calmarle.

Nos dieron el alta del hospital, y al día siguiente volvimos, ya que nos tocaba cambio de escayolas. Quisimos ir solos mi pareja y yo, a pesar de que yo aún estaba recuperándome del parto, con muchas molestias en los puntos. Le quitaron las escayolas viejas y le pudimos dar un baño en el lavabo de la sala de lactancia del hospital, para limpiarle la piel e hidratársela todo lo posible, ya que las escayolas se la resecan mucho. Se las volvieron a poner. No paró de llorar desde que se las quitaron, y ver cómo le ponían las escayolas por primera vez nos impactó (cuando le escayolaron nada más nacer no asistimos ninguno de los dos), ya que ver a mi bebé de 4 días llorando sin parar y que los médicos que le estaban escayolando no parasen para poderlo calmar nos resultó algo  bastante duro. Como eran escayolas nuevas, volvimos a tener los dedos de los pies morados un par de días del frío que le daban al estar húmedas. Volvió a estar varios días llorando horas y horas sin parar, no dormíamos ninguno, no éramos capaces de encontrar un consuelo para él, lo único que a veces le consolaba era estar en el pecho.

Cada cambio de escayolas era en la misma línea que el primero… Lloraba sin parar a pesar de que nos aseguraban que no sentía dolor, y los días posteriores al cambio también eran muy complicados. Justo cuando empezaba a encontrarse mejor, llegaba el día de la semana que se las tenían que cambiar. A pesar de todo, yo siempre pensé que lloraba porque aún no se había adaptado a estar en este mundo, no pensaba que todo ese malestar se lo creara el tratamiento, ya que nos habían dicho que no le dolía y nosotros nos encargábamos de que no pasara mucho frío soplándole en los pies, teniéndole cogido todo el día… Y llevaba las escayolas más bonitas que podía haber, siempre pintadas con dibujos de todo tipo que le hacía mi hermana todas las semanas en cuanto ya estaban secas.

Con los cambios de escayolas y el paso del tiempo, su piel se fue dañando, hasta el punto de tener unos eccemas desde las ingles hasta los tobillos tremendos. Tuvieron que quitarle las escayolas unos días para que su piel se recuperara ya que en cada cambio iba a peor. Lo que más nos llamó la atención en esos días es que estuvo todo el tiempo encogido con las piernas dobladas. Aprovechamos para ir a la ortopedia a que le midieran el pie para encargar las botas Ponseti, ya que a pesar de que nos habían prestado todas las férulas Dennis-Brown, los traumatólogos del hospital nos recomendaron utilizar las Ponseti, muy caras, pero mucho mejor para ellos. En cuanto nos las enseñaron en la ortopedia no lo dudamos, lo más importante era la salud y el bienestar del bebé.

En esos días sin escayolas descubrimos un bebé diferente, que no lloraba, que estaba tranquilo, que dormía… Por lo que a partir de ahí todo se hizo muy cuesta arriba, ya que fuimos conscientes del malestar que el tratamiento le estaba ocasionando al bebé. En varias ocasiones nos habían dicho que esas serían las últimas escayolas, por lo que cada viernes que íbamos a quitarle la últimas, y por el momento nunca eran las últimas, nos volvíamos a casa agotados, sin ver el fin a esa mala época que estábamos viviendo, a volver a empezar una semana horrorosa, a esperar que realmente llegaran las últimas y por fin se las quitaran.

Y por fin llegó, el 12 de Febrero de 2016 le quitaron las escayolas y empezamos el mantenimiento con las botas, porque sí que las necesitaba, si no se las poníamos el pie volvería a su sitio malo. Sólo habían sido 6 escayolas, lo normal es estos casos, pero para nosotros (y sin querer preocupar a nadie porque cada bebé es un mundo) fue un auténtico horror que preferimos no recordar. Nos quedamos con que, por desgracia, hay bebés que nacen con problemas mucho más graves, que tardan mucho más tiempo en solucionarse, y que en muchas ocasiones quedan secuelas, o en el peor de los casos problemas que no tienen solución.

Gracias, Raquel, por compartir tu historia con nosotros, los sentimientos, miedos y angustias que viviste durante esta corta pero intensa y dura etapa de la corrección.

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