Y por fin llegó el gran día, el primer logro de este largo camino: la última escayola. En total fueron cinco escayolas (ver post La primera escayola y Las siguientes escayolas), una por semana, una cada viernes. Visto ahora, desde la distancia, con casi todas las etapas importantes del camino recorrido, me parece que fue muy poco tiempo y que fueron pocas escayolas, pero en ese momento fue una eternidad, una eternidad muy dura.

Quizás para entenderlo hay que ponerse en situación: bebé recién nacido y papás primerizos. Y las escayolas. Y viaje a la capital cada viernes. Y bebé todo el día enganchado a la teta. Y mamá con las secuelas de un parto muy largo y duro que acabó con ventosa. Y con todos los inconvenientes que conlleva un recién nacido con escayolas, como ya comenté en el post Inconvenientes de las escayolas en un recién nacido.

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Las últimas escayolas de mi hijo

A veces me miro a mí misma y me digo que no puedo quejarme, que nunca he tenido motivo para quejarme. Pero eso lo entendí el primer día que fuimos a Traumatología y vi a niños con dolencias muy graves, dolencias que no iban a curarse con unos pocos yesos y una férula Dennis-Brown. Eso sí era para llorar y para quejarse, pero no lo mío, no lo de mi hijo. En realidad, lo de mi hijo fue una suerte, porque sólo fue eso. Pero de eso te das cuenta cuando ves casos más graves, mucho más graves e importantes que el tuyo, y das gracias porque tu hijo sólo tiene lo que tiene.

El quinto viernes fue casi el mejor de todos. Nos citaron muy temprano para que tuvieramos tiempo de ir a la ortopedia y volver al hospital para que ellos comprobaran que la férula estaba correctamente colocada.

Porque aunque la primera parte de la corrección estaba hecha, todavía quedaba otra muy importante: la férula de Dennis-Brown, el aparato que iba a inmovilizar los pies de mi hijo día y noche hasta que mi pequeño cumpliera un año (¡y tenía 6 semanas entonces!).

Ese día le quitaron la última escayola, y me encanta decirlo porque fue realmente un momento maravillo… ¡Por fin le íbamos a ver sus piernecitas y sus pies!

Fue un rato de libertad fue muy breve, creo que en total debió ser una hora y media. ¡Pero qué felicidad inmensa durante esa hora y media!

Y, sí, sus pies estaban corregidos. Los yesos habían sido totalmente efectivos. Ese día nos confirmaron que nuestro hijo no tendría que someterse a ninguna intervención quirúrgica, ni siquiera para cortarle el tendón de aquiles (un pequeño cortecito que realizan para que el pie termine de girar bien), algo de lo más común en niños con pies equinovaros. Ni siquiera eso.

Así que ese fue otro motivo de celebración 🙂

Y hasta aquí por hoy… ¡Hasta la próxima!


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