Fue todo muy rápido.

Mi pequeñín tenía sólo 7 días de vida.

Viernes, 10 de febrero de 2012, los pechos con grietas, apenas podía sentarme por las heridas que tenía del parto, y tuvimos que emprender viaje al HOSPITAL, que está a unas dos horas de nuestra ciudad, para que nuestro campeón tuviese su primera visita en traumatología. Ese viaje fue toda una odisea.

Mi marido y yo recordamos esa visita con una pesadumbre muy dolorosa. Fue la primera vez que oímos llorar a nuestro hijo con una energía que hasta entonces no había tenido. Porque hasta entonces no había llorado, sólo había producido algún chemeco.

Y fuimos a esa visita sin saber a lo que íbamos, porque nadie nos dijo nada. Nadie nos explicó nada, y lo dejaron todo a que allí nos dirían.

*Ahora, más de seis años después, sé que a quien vive allí los citan con Traumatología en cuanto se produce el diagnóstico (normalmente en la ecografía de las veinte semanas). Y eso me produce mucha más desazón, o rabia, o dolor… porque yo necesité esa visita también, pero no me la ofrecieron. Ni siquiera supe que existía esa posibilidad.

Ese día hubo dos traumatólogos y varias auxiliares, además de estudiantes (es un hospital universitario) en la consulta.

Lo primero que hicieron fue explicarnos cómo iban a corregir los pies de nuestro hijo: mediante el método Ponseti, una técnica con la que, si nosotros colaborábamos con sus indicaciones, nos aseguraban que los pies quedarían totalmente corregidos y el niño podría llevar una vida totalmente normal, jugar al fútbol o a lo que quisiera.

El método consistía en ponerle unos yesos cada semana hasta que los pies volviesen a la posición correcta, después tendría que utilizar una férula correctora que inmovilizaría sus pies durante, por lo menos un año para todo el día, y hasta los dos, tres o cuatro años para dormir.

Nos dijeron que estuviéramos tranquilos, que el niño quedaría perfecto. Y eso nos tranquilizó, y nos tranquilizó hasta el punto de que habíamos pensado mirar otras opiniones y ya no las necesitamos.

Desde ese momento confiamos plenamente en el equipo médico que lo atendió.

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Foto de mi hijo con sus primeros yesos, a los 7 días de nacer

 

Y, sin más, nos hicieron poner a nuestro pequeñín en la camilla, desnudito, y se volcaron sobre él entre 5 y 7 personas.

Mi marido y yo quedamos en la misma sala, pero apartados, oyendo con mucho dolor y lágrimas contenidas el llanto de nuestro hijo.

Lo enyesaron con una rapidez brutal y sin ningún tacto ni empatía hacia él. Se centraron en sus pies, ignorándole a él como personita. Así lo vivimos nosotros, viéndolo desde aquella cercana pero lejana distancia.

Con los yesos lo que hacían era ir moviendo de forma gradual los pies hacia la posición correcta. Y, sí, aunque ellos decían que el niño no se enteraba, por supuesto que se enteraba.

Ese día mi hijo lloró como nunca, el camino de vuelta fue todo el viaje llorando, llegamos a casa y seguía llorando, quejándose, inquieto, nervioso… pero no fue hasta el miércoles siguiente que no estuvo normal. Y el viernes volvimos a por las siguientes escayolas.

Y así cada semana… hasta que se terminó la corrección… cinco semanas después.

La primera escayola nos dolió en el alma porque nuestro hijo lloró mucho, porque salió enyesado hasta las ingles y eso es muy duro… y porque no pudimos estar ni siquiera para que él nos sintiera cerca.

Como curiosidad diré que, a partir de entonces, el peso del niño fue estimado. La semana siguiente, nos dieron la escayola que le habían quitado para que la pesara la pediatra y descontarla del peso del niño.

Otra detalle importante es que nos comentaron que los niños con pies equinovaros pierden una talla de pie, en el caso de nuestro hijo, al ser los dos pies, no se notaría.

Y esta fue nuestra experiencia con sus primeras escayolas…

Un abrazo enorme y hasta la próxima,


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